Empezando una buena historia

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¿Quién soy yo?

He aquí una buena pregunta para hacérsela el hombre por la tarde, cuando ya está cansado y se sienta a esperar en el umbral de la noche.

Si se abriese ahora, de improviso, la puerta y alguien se adelantase a preguntarme quién soy yo, no sabría decir cómo me llamo.

En la mañana nos bautizan, al mediodía el sol ha borrado nuestro nombre y en la tarde quisiéramos bautizarmos nosotros.

Salimos de aventura en la madrugada por el mundo, con un nombre que nos prenden en la solapa, como una concha en la esclavina y creemos que por este nombre van a llamarnos los Pájaros. ¡No nos llama nadie! Y cuando ya estamos rendidos de caminar y el día va a quebrarse, gritamos enloquecidos y angustiados, para no perdernos en la sombra: ¿Quién soy yo?

¡Y nadie nos responde!

Entonces miramos hacia atrás para ver lo que dicen nuestros pasos.

Creemos que algo deben de haber dejado escrito en la arena nuestros pies vagabundos. Y comenzamos a descifrar y a organizar las huellas que aún no ha borrado el viento.

Es la hora en que el caminante quiere escribir sus memorias. Cuando dice: “Les contaré mi vida a los hombres para que ellos me digan quien soy”.

Si es un poeta, querrá contársela también a los pájaros y a los árboles. Y un día buscará un cordoncito o un mecate para ceñir y ligar bien su «antología». Entonces dirá: “Reuniré en un manojo apretado mis mejores poemas porque tal vez así, todos juntos, sepan decir mejor lo que quieren, a dónde se dirigen… y acaso al final apunten vagamente mi nombre verdadero”.

Si el poeta es un poco arquitecto y algo más orgulloso, tal vez se atreva a contarle su vida a las piedras también. Y dirá: “Construiré mi morada – mi templo y mí sepulcro – con las piedras más firmes que he tallado”.

Yo no sé si soy un poco arquitecto, pero soy tan orgulloso como el hombre que quiere hacer eterna su casa y su palabra; como el hombre que, enloquecido y angustiado, se afana en bautizarse a sí mismo con un nombre por el que puedan llamarle los pájaros, los árboles, las piedras…con un nombre que no derribe el Viento

León Felipe

Es menuda como un soplo
y tiene el pelo marrón
y un aire entre tierno y triste
como un gorrión.
Le gusta andar por las ramas
ir de balcón en balcón
sin que nadie le eche mano
como un gorrión.
Nació libre como el viento,
no tiene amo ni patrón
y se mueve por instinto
como un gorrión.
Pajarillo pardo…
En la Carrera
de San Bernardo,
quedó tu nido seco y vacío
quizá algún niño ya lo robó.
Pajarillo errante
que bebe el agua de los estanques
y de mi mano jamás comió.
Y no le vende al alpiste
su calor ni su canción
por ahí busca su lechuga
como un gorrión.
Y le da pena el canario
pero no envidia a un halcón.
Le gusta volar bajito
como un gorrión.
Y tutearse con las nubes
y dormir en el rincón
donde no llegan los gatos
como un gorrión.

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