Frank Gehry, renacer en París

I’m Not The Only One

La inauguración de la sede de la Fundación Louis Vuitton, que albergará un museo, irrumpe en la escena artística internacional
Para Frank Gehry, el creador del edificio, el nuevo icono ha supuesto cumplir también otra ilusión: regresar a la ciudad en la que, siendo muy joven, cambió su vida y su profesión
La Fundación Louis Vuitton es el único lugar de París donde se puede ver la Torre Eiffel sin ver la torre de Mont­parnasse”. La broma la repite Frank Gehry (Toronto, 1929) en una de las terrazas de su nuevo edificio frente al Bois de Boulogne. Y ese chiste delata que el arquitecto californiano de origen canadiense conoce París. Fue en esta ciudad –a la que llegó con 32 años con su primera mujer, Anita Snyder, y sus dos hijas– donde renació como arquitecto. “Me ofrecieron un ascenso, pero yo ahorré durante un año para irme a París”, cuenta. Gehry ha descrito ese viaje más como una necesidad vital que como un capricho. Pero no debió de ser fácil. “Trabajé para un tipo que me pagaba muy poco [André Remondet]”. Pero conoció Europa. “Los edificios que vi cambiaron mi vida. Los profesores modernos no me habían preparado para la belleza y la humanidad de la arquitectura antigua”, explica.

Conocer la ciudad donde ahora renace de nuevo –dando otra vuelta de tuerca a su arquitectura– cambió su vida en 1961. Y reafirmó la vocación plástica de un joven inmigrante que se había pagado los estudios en la Universidad del Sur de California conduciendo una furgoneta de reparto. En realidad, el que se tituló en 1954 fue Ephraim Owen Goldberg. Frank Gehry no aparecería hasta dos años después, cuatro antes de viajar a París, cuando su mujer le aconsejó que cambiara de nombre porque temía que sus hijas fueran víctimas del antisemitismo. Una película de Sydney Pollack (Apuntes de Frank Gehry, 2005) y el propio Geh­ry han explicado la historia de inseguridades en la que está cimentado su genio. París fue el lugar que contribuyó a descorcharlo como persona, la ciudad que le dio energía para atreverse a arriesgar. En 1962 regresó a Los Ángeles dispuesto a abrir oficina propia y tan seguro de su capacidad plástica como para proponer los edificios torcidos, escultóricos e inesperados que le han convertido en el arquitecto vivo más famoso del mundo.

Boceto original del edificio. / FRANK GEHRY

Eso es su último trabajo: una gran escultura en el perímetro de un parque y frente al bosque más grande de París. En muchos de los anteriores inmuebles de Gehry –en el Museo de Arte Weisman en Minneapolis (1993) o en el Stata Center que hizo para el MIT en Boston (2004)– puede observarse la huella de las mansardas parisienses. En este nuevo inmueble también hay quiebros e inclinaciones, pero, junto al estallido creativo, hay un nuevo reposo. Tal vez por eso Gehry bromea con las vistas desde las terrazas en una referencia al chiste arquitectónico más famoso de la capital francesa: ¿cuál es el lugar más bonito de París? La odiada torre de Mont­parnasse. ¿Por qué? Porque es el único sitio desde donde no se ve la torre de Montparnasse.

Al oeste de la ciudad, el barrio de Passy necesitaba la vitalidad que, con 85 años, todavía irradia Gehry. Junto a un deliciosamente decadente Jardin d’Acclimatation (zoológico y parque de atracciones) y frente al frondoso bosque de Boulougne, la nueva fundación es una síntesis entre un iglú y un montón de velas de barco apiladas. Pero también se deja envolver por los reflejos de los jardines. Así, indefinido y sin embargo rotundo, es claramente un edificio firmado por Gehry, pero no lleva como mensaje una revolución. Al contrario, el color blanco de sus partes opacas habla de una nueva serenidad en el inagotable creador norteamericano. También de una voluntad de mantenerse fuera del tiempo que el propio arquitecto reconoce fruto de su “profundo entendimiento con el cliente: Bernard Arnault”. Jean-Paul Claverie, el consejero cultural de LVMH y artífice del encuentro entre Gehry y su jefe, lo ratifica. Y asegura que el acuerdo es que “en 70 años no se necesite cambiar ningún elemento”. Muchos años para el otro acuerdo, establecido con el Ayuntamiento parisiense, que cede a la fundación el terreno –ocupado antes por una bolera– durante 55 años y establece que, transcurrido este tiempo, el inmueble pase a tener titularidad municipal

Resumen de un artículo del Pais Semanal de ANATXU ZABALBEASCOA

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