EL Heroismo de la Sensatez

  • I Want Love Robert Downey Jr

ACASO como implacable resultado de la epigénesis que configura los talantes y los destinos, el amor, para un científico, es solo química (Swaab). Para el poeta, empero, el amor es puro arte (JL Viciana), o compartir soledades (Rilke). Para los filósofos, tan clarividentes ellos, el amor es caza (Ovidio), belleza (Platón), seducción (Sartre), o desvarío (Ortega). Para un político, sin embargo, nada existe comparable al amor de los amantes, según oí teorizar hace poco a un parlamentario andaluz. Amor que, si entendí bien, ha de aflorar como una conmoción, fruto natural de la erótica salvaje, del lance improvisado y fugaz, a ser posible prohibido, con una carga de pasión y ardor que impida razonarlo a tiempo, y obligue a los amantes a reinventarse a sí mismos, recocidos en la plenitud de la efímera devastación pasional. Una palpitación cuanto más provisional, más vital. Cuanto más prohibida, más apetecida. Cuanto más zascandil, más febril. Y no es fácil avalar la razón de la entelequia. Ni tampoco, refutarla. Será porque la política -profesión de riesgo, como la abogacía-, los habilita para advertir qué sea la ley, y qué una prohibición. Que conocen los entresijos meta-biológicos de quién provee, y por qué ostenta quién, y no cualquiera, la autoridad con rango para prohibir a otro qué. Sobre todo, cuando ese qué, es justamente algo tan prístino, como amar. La mitología griega, que compendió entre sus dioses las pasiones humanas, quizá no por casualidad, encarnó la difusión del delirio amoroso en Cupido: diablillo querúbico, alado (inestable) y aniñado (ilusivo y versátil), tan voluble como opresor, cuyas infectas saetas, fermentadas de fogosidad indomable, minaban la voluntad de mortales y deidades. Al punto que hasta Zeus, -paradigma del poder- justificara las locuras más indignas para aplacar sus fiebres. O que Jesús, según el evangelio, azotara a mercaderes pero perdonara a la mujer adúltera al retar a todo su pueblo que mostrara uno solo libre de pecado: no de cualquier pecado, sino del de amar lo prohibido: y todos huyeron (S. Juan 8. 1.11). Pero una cosa es entender todo eso, como parece que logran los adictos al amor amante, y otra, adoptar la profanación como pauta moral. Máxime cuando sabemos, y lo sabemos desde hace cientos de siglos, que burlarse de lo prohibido no sacia: esclaviza. Esclavitud de la que sólo nos redime el heroísmo de la sensatez y del sentido común.
JOSÉ Mª REQUENA COMPANY

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