Autoritarismo o Humanismo

CALIFICAR de falacia la obsesión burocrática por planificarlo todo, no lo tengo por mero juego de salón y justifica que hoy, de nuevo, me afane en criticar este ardor legislativo que acaso acabará prohibiendo colgar perniles ibéricos en los mesones, para alivio de vegetarianos, o imponga en el fútbol animar al equipo con el Gloria Aleluya, para no herir al rival. Reprobación que surgía, aunque no se agote ahí, al hilo de una ley antitabaco que es otra prueba más, de ese alud normativo que viene asolando pautas básicas de sociabilidad como, en este caso, el derecho a tener un negocio de ocio donde se pueda fumar. Hábito éste que, al fin, no es ilegal en tanto no lo sea adquirir o consumir el tabaco mismo. Coloquen los avisos que quieran. Adviertan sin pudor de sus riesgos e instruyan con brío sobre el respeto al prójimo. Pero no veden al cabo que los ciudadanos adultos que optan por ello puedan ejercer su derecho a fumar en el bar que un empresario decidió libremente habilitar al efecto. Comparto con Savater la idea de que no es tanto el tabaco lo que mata como su abuso. Lógica que cabe predicar de tantos otros productos usuales, desde la aspirina al vino. A la que agrego mi sospecha de que tampoco dañan igual los puros, la pipa o los cigarros, como no aja tanto un litro de cerveza como otro de vodka. Y comparto también con tal Profesor el sentir de que restricciones como que no quepa fumar en ningún local atentan contra la convivencia y ocultan, además del sofisma planificador a que me referí en otros artículos, también alguna suerte de desprecio al derecho ajeno. Y es que por la misma razón que nadie debe imponer sus malos humos a nadie, tampoco ninguno y por lo mismo, debería poder imponer sus malos humores ni extender sus personales e higiénicas tácticas vitales a todo el mundo y en todas partes. Ni consentirlo debieran unos gobernantes a los que incumbe velar por la tolerancia y evitar que los excesos de celo alcancen a aniquilar la libertad del fumador o del patrón que arriesgó su patrimonio en su negocio. Pero éstos nuestros pasan de lo que cada cual opine sobre su propia vida. Ellos y su cientificismo hierático saben lo que nos conviene a cada cual y en cada momento, a despecho de lo que fue y sea el autoritarismo. Si hay que roturar en catalán, se rotura. Y si hay que suprimir los espacios legal y técnicamente preinstalados para fumar, pues se anula esa ley de 2005, que obligó a tantos restauradores a sufragar costosas obras. Que esos rollos de la seguridad legal y las libertades son resabios trasnochados de unos humanistas rechiflados entre las pamplinas del qué sea la vida o de cómo valga la pena vivirla. O no.

José María Requena

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