“Salvar la ley del corazón”

José María Requena | Actualizado 28.11.2010 – 01:00

El mito de Antígona, ha fascinado a filósofos, escritores y psicólogos durante siglos. Ideada por Esquilo y resuelta luego por Sófocles, escenifica la tragedia que deriva de la soberbia del rey de Tebas, al dejar insepulto el cadáver de su rival como carroña de alimañas y para que así su alma vagara eternamente errante. Orden contra la que se rebeló Antígona, invocando la primacía de su amor filial sobre el deber legal, por lo que fue encarcelada. Luego el rey la perdona, pero ella ya había muerto, generando una cadena de dramas que al fin, abruman a ese pueblo y su memoria. Una sagaz metáfora sobre las secuelas del edicto contra natura y opresor de la libertad de conciencia, en la que Antígona encarna lo que se ha llamado la ley del corazón, por priorizar la emoción y sentido innato de lo justo sobre el deber que impone el derecho frío y oportunista. Ley que legitimaría, desde la exquisita, pero a la vez tozuda, sensibilidad femínea, alzarse contra el poder arbitrario, a despecho del miedo que agarrota al pancista sector varonil. Y no parece casual que ya la cosmología griega simbolizara el psicodrama del pulso entre el afecto privado y el débito social. El eterno debate entre el yo y el nosotros. Debate que persiste, aún sin zanjar, en las constituciones liberales, que afianzan el estado “social”, primando lo colectivo sobre lo privado, a la vez que menguan la libertad ideológica entre límites cada vez de más severos, relegando un resorte tan básico como la objeción de conciencia -o sea, ese alivio final del corazón ante la pugna entre lo colectivo y el yo- solo a supuestos como el servicio militar o el aborto. Validando así, al cabo, que el feroz Estado interfiera en todos los ámbitos de la sociedad civil y pueda fijar pautas o normas cada vez más exhaustivas a los paisanos. Y sí, claro que hay casos como los secuestros terroristas en que la pulsión de pagar rescate ha de rendirse a la razón de evitar que el fanático se refuerce y la ley subyugar los ímpetus del alma. Pero también es cierto que el furor legislativo en boga nos está asfixiando con un aluvión de leyes ya europeas, ya nacionales o locales que asaltan todos los rincones de la intimidad. Qué comer, o cómo contratar, circular o trabajar, en qué plazo pagar y qué hábitos o ritos ancestrales criminalizar, en una maraña reglamentista y disciplinal tortuosa e irritante. Nada queda fuera de control. Si como decía Rousseau, la libertad es lo que queda más allá de la restricción de las leyes, vamos llegando al punto en que esa luz residual de la ley del corazón, brille tan remota como un cometa fugaz. Y que la tragedia de Antígona, vuelva a planear sobre el mundo.

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