Artículo de José Maria Requena “Ojalá nos condenen”

“De un modo o de otro, fracasaréis. La vida os derrotará. Antes o después os verán como sois, y os despedazarán. Hay algo en el universo -no sé lo que es: algún espíritu, algún principio-, contra lo que no podréis”.

PUBLICÓ hace poco The Washington Post, un ingenioso artículo del Profesor de la Universidad de Princenton, K. A. Appiah, titulado “¿Por qué nos condenarán las futuras generaciones?”, que reflexiona sobre la evolución histórica en el ámbito de los derechos sociales, recordando que algunos que hoy parecen básicos e irrenunciables, hace sólo unos pocos siglos o incluso décadas, eran inconcebibles para nuestros abuelos. Y cita materias como la esclavitud, la segregación racial, el maltrato femenino, la homosexualidad o la pena de muerte, que además de ser legales se asumían antes con naturalidad aunque hoy, las condenemos sin paliativos. Y a partir de esa constante e imparable evolución, especula el filósofo, que es probable que también existan hoy muchos hábitos que aprobamos o practicamos sin reserva, pero que a las generaciones futuras les parecerán aberrantes y por los que nos criticarán, conjeturando él que las condenas más probables tal vez aludan al sistema penitenciario, la industria cárnica, al aislamiento de mayores en residencias y al abuso medio ambiental. Bueno, se esté de acuerdo o no con tal selección, la ocurrencia permite, e invita, a los lectores a reflexionar y a elegir cada cual entre cualesquiera de los usos, derechos o rutinas que juzgamos hoy normales pero que acaso nuestros nietos no se explicarán cómo pudimos tolerar. Y el reto es sugestivo, además de divertido, y tener su retranca. Puesto uno también a mojarse, yo me pido que nos condenaran, y además cuanto antes mejor, por extravíos tan insufribles como la incultura madre del boom demográfico y el hambre, el sistema financiero, la explotación laboral, la ineficacia de la ONU y los nacionalismos aldeanos. Y a más, la ética bolsista, la estética hedonista, los políticos incompetentes y necios omnipresentes. Eso para empezar. Y digo que ojala nos condenen, y cuanto antes, porque si, como creo, la justicia social es el triunfo, el gran fruto de la inteligencia humana, la condena sin paliativos de los dislates que apunto, entre tantos otros, significará que nuestros hijos se van acercando a ella. O que los nietos, no han sucumbido al mecanicismo biogenético del Mundo Feliz de A. Huxley. Que las generaciones futuras, en fin, se habrían rebelado ante la tiranía despótico financiera en alza y hecho realidad, confieso que aún no sé cómo, aquella intuición que le espetaba el protagonista Orwelliano de “1984”, Wiston Smith, a su torturador: “De un modo o de otro, fracasaréis. La vida os derrotará. Antes o después os verán como sois, y os despedazarán. Hay algo en el universo -no sé lo que es: algún espíritu, algún principio-, contra lo que no podréis”. Amén.

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