“Mejor no llegar a Viejo”

PARA vivir como viven muchos paisanos, acaso la mayoría, mejor no llegar a viejo. Es verdad que las expectativas actuales de vida, al menos en occidente, baten récords. Y verdad que las Administraciones se afanan, a veces hasta la obsesión, en sanear hábitos sociales para erradicar esas calamitosas adiciones a las nicotinas, grasas, bollerías, alcoholes, etc, que enviciaban a nuestros felices ancestros. Pero a pesar de todo me atosiga el runrún de que para vivir como viven hoy tantos vecinos del primer mundo, mejor no llegar a viejo. Porque el reto de la vida saludable no se agota con no beber, no fumar, comer verdín y subsistir más años como sea. El auténtico reto empieza realmente al afrontar cómo debe disfrutarse de esos años de más que le vamos exprimiendo al azar biológico. Y la clave de la réplica pasa sin duda por la salud mental. Porque calidad de vida e higiene mental están fatal e inexorablemente imbricadas. Y ésta, la profilaxis psíquica -y moral- del modelo social en boga, no es buena. Desprende un hálito como de progreso decadente, de inestabilidad de ideales, dudas vitales y falta de criterios que, al margen ya de crisis económicas, generan una ansiedad permanente y unas emociones díscolas, y nocivas, que se traducen en fobias, angustias y achaques físicos que sobrecogen el ánimo y amargan los humores. Y qué quieren, para vivir afligido mejor no llegar a viejo. Hoy celebra la ONU el Día mundial de la salud mental, para concienciarnos sobre los trastornos mentales, su prevención y el abuso de sustancias inapropiadas en su tratamiento. Aspectos relegados por todos esos verdugos de los fumíferos y las grasas que, sin embargo, ningún paliativo brindan a una ciudadanía enferma de ansiedad. A esta sociedad de locos. Que exige un entonado nivel de chifladura para sobrevivir con un mínimo de aplomo. Porque parece imposible -no imagino yo, al menos- que pueda convivirse un día y otro, entre paradojas, extravagancias y abusos de todo tipo, tanto políticos, legales, financieros o sociales, permaneciendo equilibrado y sin reventar. Vivir cuerdo en una sociedad que sueña con el bienestar, pero sufre decidofobia, miedo a tomar decisiones. Y ergofobia, asco al trabajo. El pueblo politicofobia y los políticos, antropofobia, recelo a la gente. Y todos un poco de autofobia, o recelo de sí mismos y fronemofobia, pavor a pensar. Lo que, al fin, fomenta la fobofobia, ese tozudo espanto a los propios miedos, que viene a ser una versión previa, y solapada, de la panofobia, la alarma ante todo. Y para vivir así, asustados, a ver qué se hace. O rebelarse y no llegar a viejo -que al fin, será lo mismo- o seguir igual de rechiflaos.

Artículo de José Maria Requena en “El Almeria”.

Enhorabuena Jose; Me declaro “Una Panofóbica” Que  me resisto a llegar a vieja, por lo que cada vez me reconozco más chiflada.

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